La reforma nace inspirada en una antigua leyenda que cuenta cómo, durante la crecida del río Manzanares, las calles Mira el Río Baja, Mira el Río Alta y Mira el Sol se convirtieron en miradores naturales desde donde los habitantes contemplaban el desbordamiento del agua. Esta historia quedó plasmada en los azulejos que Alfredo Ruiz de Luna pintó en los años noventa para las calles del casco antiguo de Madrid, y sirve hoy como punto de partida para repensar la relación entre ciudad, río y refugio.
Mirar el río es también una forma de mirar la ciudad y sus sombras, de descubrir los lugares donde, en un Madrid más rural de lo que ahora podemos imaginar, las personas encontraban cobijo durante los días de campo. Esa idea del refugio, del amparo bajo la sombra, inspira directamente esta reforma en la calle Mira el Río Baja. Los elementos que antaño ofrecían protección , las ramas de los árboles, se transforman aquí en estructuras arquitectónicas que definen el espacio doméstico. Bajo esas “ramas” de madera se agrupan cocina, baño y habitación, creando una metáfora en la que cada estancia se convierte en un pequeño refugio. El salón, como parte pública de la vivienda, se abre hacia las orillas de ese río imaginado, mientras que los listones de madera evocan los troncos y ramas de los árboles, y los alicatados geométricos remiten al fluir del agua y a las rocas del cauce.
La organización del espacio se inspira en la forma en que habitamos la naturaleza, como si un día de campo se hubiera convertido en casa. La cocina se sitúa a la sombra pero próxima al río; el salón, bañado por el sol, también se asoma al agua; la habitación se retira hacia una zona más umbría y tranquila; el baño ocupa un lugar intermedio, cercano al frescor; y el escritorio, entre las “rocas”, se convierte en un rincón de reflexión entre luz y penumbra.
En el uso de la geometría se busca suavizar los límites, hacer que las formas parezcan más orgánicas, como si hubieran sido moldeadas por el propio paisaje. La materialidad refuerza esa conexión natural: la madera aporta calidez y cercanía, mientras que el alicatado introduce una sensación de frescura que equilibra el conjunto. Los colores, por su parte, prolongan esta lectura: el azul representa el agua y las zonas húmedas; el verde asciende por las paredes como una vegetación espontánea que brota junto a las fuentes; los tonos crema evocan las rocas donde uno puede sentarse a descansar; y los matices grises y terrosos recuerdan el follaje bajo el que se busca refugio.
Así, la vivienda se concibe como un ejercicio de reinterpretación del paisaje, un intento de recuperar la experiencia de sentirse cómodo, acogido y fresco en medio del calor urbano. En una de las zonas más antiguas de Madrid, esta reforma propone un diálogo entre naturaleza y ciudad, entre memoria y contemporaneidad, consciente del aumento de las temperaturas y del efecto de isla térmica que caracteriza a la capital durante los veranos actuales.